Lenin: 1914: Sobre el Derecho de las naciones a la autodeterminación.
5. LA BURGUESÍA LIBERAL Y LOS OPORTUNISTAS SOCIALISTAS EN LA CUESTIÓN NACIONAL
Hemos visto que Rosa Luxemburgo considera como uno de sus principales "triunfos", en la lucha contra el programa de los marxistas de Rusia, el argumento siguiente: reconocer el derecho a la autodeterminación equivale a apoyar el nacionalismo burgués de las naciones oprimidas. Por otra parte, dice Rosa Luxemburgo, si por tal derecho se entiende únicamente la lucha contra cualquier violencia en lo que se refiere a las naciones, no hace falta un punto especial en el programa, porque la socialdemocracia en general se opone a toda violencia nacional y desigualdad de derechos nacionales.
El primer argumento, según ha demostrado de un modo irrefutable Kautsky hace ya casi veinte años, carga la culpa del nacionalismo del culpable al inocente, porque ¡resulta que, temiendo el nacionalismo de la burguesía de las naciones oprimidas, Rosa Luxemburgo favorece, en realidad, el nacionalismo ultrarreacionario de los rusos! El segundo argumento es, en el fondo, un miedoso esquivar el problema: reconocer la igualdad nacional, ¿supone o no supone reconocer el derecho a la separación? Si lo supone, Rosa Luxemburgo reconoce la justeza de principio del § 9 de nuestro programa. Si no lo supone, no reconoce la igualdad nacional. ¡Nada puede hacerse en este caso con subterfugios y evasivas!
Pero la mejor manera de comprobar los argumentos arriba indicados, así como todos los argumentos de esta índole, consiste en estudiar la actitud de las diferentes clases de la sociedad ante, el problema. Para un marxista, semejante comprobación es obligatoria. Hay que partir de lo objetivo, hay que tomar las relaciones recíprocas de las diversas clases en el punto de que se trata. Al no hacerlo, Rosa Luxemburgo incurre precisamente en el pecado de lo metafísico, de lo abstracto, del lugar común, de las generalidades, etc., del que en vano trata de acusar a sus adversarios.
Se trata del programa de los marxistas de Rusia, es decir, de los marxistas de todas las nacionalidades de Rusia. ¿No convendría echar una ojeada a la posición de las clases dominantes de Rusia?
Es conocida de todos la posición de la "burocracia" (perdónesenos este término inexacto) y de los terratenientes feudales del tipo de la nobleza unificada. Negación absoluta tanto de la igualdad de derechos de las nacionalidades como del derecho a la autodeterminación. La vieja consigna, tomada de los tiempos del régimen de servidumbre: autocracia, religión ortodoxa, pueblo, con la particularidad de que por este último tan sólo se entiende el pueblo ruso. Incluso los ucranianos son declarados "alógenos", incluso su lengua materna es perseguida.
Veamos la burguesía de Rusia, "llamada" a tomar parte -una parte muy modesta, es verdad, pero, al fin y al cabo, parte- en el poder, en el sistema legislativo y administrativo "del 3 de junio". No se necesitan muchas palabras para demostrar que en este problema los octubristas siguen, en realidad, a las derechas. Es de lamentar que algunos marxistas concedan mucha menos atención a la posición de la burguesía liberal rusa, de los progresistas y demócratas constitucionalistas. Y, sin embargo, quien no estudie esta posición y no reflexione sobre ella, incurrirá inevitablemente en el pecado de lo abstracto y de lo vacío al analizar el derecho de las naciones a la autodeterminación.
El año pasado, la polémica entre Pravda y Rech obligó a este órgano principal del partido demócrata constitucionalista, tan hábil en la evasiva diplomática ante la contestación franca a preguntas "desagradables", a hacer, sin embargo, algunas confesiones valiosas. Se armó el barullo en torno al Congreso estudiantil de toda Ucrania, celebrado en Lvov en el verano de 1913. El jurado "perito en cuestiones de Ucrania" o colaborador ucraniano de Rech, señor Moguilianski, publicó un artículo en el que cubría de las más selectas injurias ("delirio", "aventurerismo", etc.) la idea de la separación de Ucrania, idea a favor de la cual abogaba el social-nacionalista Dontsov y que fue aprobada por el mencionado Congreso.
El periódico Rabóchaya Pravda, sin solidarizarse para nada con el señor Dontsov, e indicando claramente que este señor era un social-nacionalista y que no estaban conformes con él muchos marxistas ucranianos, declaró, sin embargo, que el tono de Rech, -o mejor dicho: el planteamiento en principio de la cuestión por Rech es absolutamente indecoroso, inadmisible en un demócrata ruso o en una persona que quiere pasar por demócrata. Que Rech refute directamente a los señores Dontsov, pero en principio es inadmisible que el órgano ruso de una pretendida democracia olvide la libertad de separación, el derecho a la separación.
Unos meses más tarde publicó el señor Moguilianski en el número 331 de Rech unas "explicaciones", enterado, por el periódico ucraniano Shliaji de Lvov, de las objeciones del señor Dontsov, quien, por cierto, observó que "sólo la prensa socialdemócrata rusa había manchado (¿estigmatizado?) en forma debida la salida chovinista de Rech". Las "explicaciones" del señor Moguilianski consistieron en repetir por tres veces: "la crítica de las recetas del señor Dontsov" "no tiene nada de común con la negación del derecho de las naciones a la autodeterminación".
"Hay que decir -escribía el señor Moguilianski- que tampoco "el derecho de las naciones a la autodeterminación" es una especie de fetiche (¡¡escuchad!!) que no admite ninguna critica: condiciones de vida malsanas en una nación pueden engendrar tendencias malsanas en la autodeterminación nacional, y poner al descubierto estas últimas no significa aún negar el derecho de las naciones a la autodeterminación".
Como veis, las frases de un liberal sobre lo del "fetiche" estaban plenamente a tono con las frases de Rosa Luxemburgo. Era evidente que el señor Moguilianski deseaba rehuir el dar una respuesta directa a la pregunta: ¿reconoce o no el derecho a la autodeterminación política, es decir, a la separación?
Y Proletárskaya Pravda (Nº 4 del 11 de diciembre de 1913) hizo a boca de jarro esta pregunta tanto al señor Moguilianski como al partido demócrata constitucionalista.
El periódico Rech publicó entonces (Nº 340) una declaración sin firma, es decir, una declaración oficial de la redacción, que daba una respuesta a esa pregunta. Esta contestación se resume en tres puntos:
Fijémonos ante todo en el segundo punto de la declaración de Rech. ¡Cuán claramente demuestra a los señores Semkovski, Libman, Yurkévich y demás oportunistas que sus gritos y habladurías sobre una pretendida "falta de claridad" o "inconcreción" en el sentido de 'la "autodeterminación", no son en la práctica, es decir, en la correlación objetiva de clases y de la lucha de clases en Rusia, sino una simple repetición de los discursos de la burguesía monárquico-liberal!
Cuando Proletárskaya Pravda hizo a los ilustrados señores "demócratas constitucionalistas" de Rech tres preguntas: 1) si negaban que en toda la historia de la democracia internacional, y especialmente a partir de la mitad del siglo XIX, se entiende por autodeterminación de las naciones precisamente la autodeterminación política, el derecho a constituir un Estado nacional independiente; 2) si negaban que el mismo sentido tenía la conocida decisión del Congreso socialista internacional celebrado en Londres en 1896, y 3) que Plejánov, que ya en 1902 escribía sobre la autodeterminación, entendía por tal precisamente la autodeterminación política; cuando Proletárskaya Pravda hizo estas tres preguntas, ¡¡los señores demócratas constitucionalistas guardaron silencio!!
No contestaron ni una palabra, porque nada tenían que contestar. Tuvieron que reconocer en silencio que indudablemente Proletárskaya Pravda tenía razón.
Los gritos de los liberales sobre el tema de la falta de claridad del concepto de "autodeterminación", de su "irreparable confusión" con el separatismo entre los socialdemócratas no son sino una tendencia a embrollar la cuestión, rehuir el reconocimiento de un principio generalmente admitido por la democracia. Si los señores Semkovski, Libman y Yurkévich no fueran tan ignorantes, les hubiera dado vergüenza de hablar ante los obreros en tono liberal.
Pero sigamos. Proletárskaya Pravda obligó a Rech a reconocer que las palabras autodeterminación "cultural" tienen en el programa demócrata-constitucionalista precisamente el sentido de una negación de la autodeterminación política.
"En efecto, los demócratas constitucionalistas no han pensado nunca en defender el derecho de "separación de las naciones" del Estado ruso": éstas son las palabras, de Rech que no en vano recomendó Proletárskaya Pravda a Nóvoe Vremia y Zémschina como muestra de la "lealtad" de nuestros demócratas constitucionalistas. Nóvoe Vremia, en su número 13563, sin dejar, naturalmente, de aprovechar la ocasión para mencionar a los "semitas" y decir toda clase de mordacidades a los demócratas constitucionalistas, declaraba, sin embargo:
"Lo que constituye para los socialdemócratas un axioma de sabiduría política" (es decir, el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación, a la separación), "en nuestros días empieza a provocar divergencias incluso entre los demócratas constitucionalistas".
Los demócratas constitucionalistas, en principio, adoptaron una posición absolutamente idéntica a la de Nóvoe Vremia declarando que "no han pensado nunca en defender el derecho de separación de las naciones del Estado ruso". En esto consiste una de las bases del nacional-liberalismo de los demócratas constitucionalistas, de su afinidad con los Purishkévich, de su dependencia de estos últimos en el terreno político-ideológico y político-práctico. "Los señores demócratas constitucionalistas han estudiado historia -decía Proletárskaya Pravda-, y saben muy bien a qué actos "pogromoides", para expresarse suavemente, ha llevado muchas veces en la práctica la aplicación del tradicional derecho de los Purishkévich a "agarrar y no dejar escapar". Sabiendo perfectamente que la omnipotencia de los Purishkévich tiene origen y carácter feudal, los demócratas constitucionalistas se colocan, sin embargo, por entero en el terreno de las relaciones y fronteras establecidas precisamente por esta clase. Sabiendo perfectamente cuántos elementos no europeos, antieuropeos (asiáticos, diríamos nosotros, si esta palabra no pudiera sonar a inmerecido desprecio para japoneses y chinos) hay en las relaciones y fronteras creadas o fijadas por esa clase, los señores demócratas constitucionalistas los consideran límite del que no se puede pasar.
Esto es precisamente adaptación a los Purishkévich, servilismo ante ellos, miedo de hacer vacilar su posición, esto es defenderlos contra el movimiento popular, contra la democracia. "Esto significa en la práctica -decía Proletárskaya Pravda- adaptarse a los intereses de los feudales y a los peores prejuicios nacionalistas de la nación dominante en vez de luchar sistemáticamente contra esos prejuicios".
Como personas conocedoras de la historia y con pretensiones de democracia, los demócratas constitucionalistas ni siquiera intentan afirmar que el movimiento democrático, que en nuestros días es característico tanto para Europa Oriental como para Asia y que tiende a transformar una y otra, de acuerdo con el modelo de los países civilizados, capitalistas, que este movimiento deba indefectiblemente dejar intactas las fronteras fijadas en la época feudal, en la época de omnipotencia de los Purishkévich y de la falta de derechos de extensos sectores de la burguesía y de la pequeña burguesía.
La última Conferencia del partido demócrata constitucionalista, celebrada del 23 al 25 de marzo de 1914, ha demostrado, por cierto, que el problema suscitado por la polémica de Proletárskaya Pravda con Rech no era, en modo alguno, tan sólo un problema literario, sino que atañía al problema de mayor actualidad política. En la reseña oficial de Rech (Nº 83, del 26 de marzo de 1914) sobre esta conferencia leemos:
"Se trataron también en forma especialmente animada los problemas nacionales. Los diputados de Kiev, a los que se unieron N. Y. Nekrásov y A. M. Koliubakin, indicaron que el problema nacional es un factor importante que está madurando y que es imprescindible salir a su encuentro con más energía que hasta ahora. F. F. Kokoshkin indicó, sin embargo" (este es el "sin embargo" que corresponde al "pero" de Schedrin: "no crecen las orejas más arriba de la frente, no, no crecen"), "que tanto el programa como la anterior experiencia política exigen que se proceda con la mayor prudencia en lo que se refiere a las "fórmulas elásticas" "de la autodeterminación política de las nacionalidades"".
Este razonamiento de la conferencia demócrata-constitucionalista, de todo punto notable, merece la mayor atención de todos los marxistas y de todos los demócratas. (Hagamos notar entre paréntesis que Kíevskaya Myl, que, por lo visto, está muy bien enterado, y que sin duda alguna transmite fielmente los pensamientos del señor Kokoshkin, añadía que este señor, claro que como advertencia a sus contrincantes, adujo de un modo especial el argumento del peligro de la "disgregación" del Estado.)
La reseña oficial de Rech está redactada con maestría diplomática, para levantar lo menos posible el telón, para disimular lo más posible. Pero, de todos modos, queda claro, en sus rasgos fundamentales, lo que ocurrió en la Conferencia de los demócratas constitucionalistas. Los delegados burgueses liberales, que conocían la situación en Ucrania, y los demócratas constitucionalistas "de izquierda" plantearon precisamente la cuestión de la autodeterminación política de las naciones. En otro caso, el señor Kokoshkin no habría tenido por qué aconsejar que se procediera 46 con prudencia" en lo que se refiere a esta "fórmula".
En el programa de los demócratas constitucionalistas, que, naturalmente, conocían los delegados de la Conferencia demócrata constitucionalista, figura precisamente no la autodeterminación política, sino la autodeterminación "cultural". De modo que el señor Kokoshkin defendía el programa contra los delegados de Ucrania, contra los demócratas constitucionalistas de izquierda, defendía la autodeterminación "cultural" contra la "política". Es de todo punto evidente que, al alzarse contra la autodeterminación "política", al esgrimir la amenaza de la "disgregación del Estado", diciendo que la fórmula de la "autodeterminación política" es "elástica" (¡completamente a tono con Rosa Luxemburgo!), el señor Kokoshkin defendía el nacional-liberalismo ruso contra elementos más "izquierdistas" o más democráticos del partido demócrata constitucionalista y contra la burguesía ucraniana.
El señor Kokoshkin venció en la Conferencia demócrata-constitucionalista, como puede verse por la traidora palabreja "sin embargo" en la reseña de Rech. El nacional-liberalismo ruso triunfó entre los demócratas constitucionalistas. ¿No contribuirá esta victoria a que se aclaren las mentes de los elementos poco razonables que, entre los marxistas de Rusia, han comenzado también a temer, tras los demócratas constitucionalistas, "las fórmulas elásticas de la autodeterminación política de las nacionalidades"?
Veamos, "sin embargo" cuál es, en esencia, el curso que siguen los pensamientos del señor Kokoshkin. Invocando la '"anterior experiencia política" (es decir, evidentemente, la experiencia de 1905, en que la burguesía rusa se asustó, temiendo por sus privilegios nacionales, y contagió con su miedo al partido demócrata constitucionalista), hablando de la amenaza de la "disgregación del Estado", el señor Kokoshkin ha demostrado comprender perfectamente que la autodeterminación política no puede significar otra cosa que el derecho a la separación y a la formación de un Estado nacional independiente. Se pregunta: ¿cómo hay que considerar estos temores del señor Kokoshkin, desde el punto de vista de la democracia, en general, así como desde el punto de vista de la lucha de clase proletaria, en particular?
El señor Kokoshkin quiere convencernos de que el reconocimiento del derecho a la separación, aumenta el peligro de "disgregación del Estado". Este es el punto de vista del polizonte Mymretsov con su lema de "agarrar y no dejar escapar". Desde el punto de vista de la democracia en general es precisamente al contrario: el reconocimiento del derecho a la separación reduce el peligro de la "disgregación del Estado".
El señor Kokoshkin razona absolutamente en el espíritu de los nacionalistas. En su último Congreso atacaron furiosamente a los ucranianos "mazepistas". El movimiento Ucraniano -exclamaban el señor Sávenko y Cía.- amenaza con debilitar los lazos que unen a Ucrania con Rusia, ¡¡porque Austria, con la ucraniofilia, estrecha los lazos de los Ucranianos con Austria!! Lo que no quedaba comprensible era por qué no puede Rusia intentar "estrechar" los lazos de los ucranianos con Rusia por el mismo método que los señores Sávenko echan en cara a Austria, es decir, concediendo a los ucranianos el libre uso de su lengua materna, la autodeterminación administrativa una Dieta autónoma, etc.
Los razonamientos de los señores Sávenko y de los señores Kokoshkin son absolutamente del mismo género e igualmente ridículos y absurdos, desde un punto de vista puramente lógico. ¿No está claro que, cuanto mayor sea la libertad de que goce la nacionalidad ucraniana en uno u otro país, tanto más estrecha será la ligazón de esa nacionalidad con el país de que se trate? Parece que no se puede discutir contra esta verdad elemental, de no romper resueltamente con todos los postulados de la democracia. ¿Y puede haber, para una nacionalidad como tal, mayor libertad que la libertad de separación, la libertad de formar un, Estado nacional independiente? Para que quede aún más clara esta cuestión, embrollada por los liberales (y por los que se hacen eco de éstos por falta de comprensión), pondremos el más sencillo de los ejemplos. Tomemos la cuestión del divorcio. Rosa Luxemburgo dice en su artículo que un Estado democrático centralizado, al transigir por completo con la autonomía de diversas de sus partes, debe dejar a la jurisdicción del parlamento central todos los ramos más importantes de la legislación, y, entre ellos, la legislación sobre el divorcio. Es perfectamente comprensible esta preocupación por que el poder central del Estado democrático asegure la libertad de divorcio. Los reaccionarios están en contra de la libertad de divorcio, aconsejando que se proceda "con prudencia" en lo relativo a dicha libertad y gritando que eso significa la "disgregación de la familia". Pero la democracia considera que los reaccionarios son unos hipócritas, al defender, en realidad, la omnipotencia de la policía y de la burocracia, los privilegios de un sexo y la peor opresión de la mujer; que, en realidad, la libertad de divorcio no significa la "disgregación" de los vínculos familiares, sino, por el contrario, su fortalecimiento sobre los únicos cimientos democráticos que son posibles y estables en una sociedad civilizada.
Acusar a los partidarios de la libertad de autodeterminación, es decir, de la libertad de separación, de que fomentan el separatismo, es tan necio e hipócrita como acusar a los partidarios de la libertad de divorcio de fomentar el desmoronamiento de los vínculos familiares. Del mismo modo que en la sociedad burguesa intervienen contra la libertad de divorcio los defensores de los privilegios y de la venalidad, en los que se funda el matrimonio burgués, negar en el Estado capitalista la libertad de autodeterminación, es decir, de separación de las naciones, no significa otra cosa que defender los privilegios de la nación dominante y de los procedimientos policíacos de administración, en detrimento de los democráticos.
No cabe duda de que la politiquería engendrada por todas las relaciones de la sociedad capitalista, da a veces lugar a charlatanería en extremo frívola y hasta sencillamente absurda de parlamentarios o publicistas sobre la separación de tal o tal nación. Pero sólo los reaccionarios pueden dejarse asustar (o hacer como si se asustaran) por semejante charlatanería. Quien sustente el punto de vista de la democracia, es decir, de la solución de los problemas estatales por la masa de la población, sabe perfectamente que hay "un gran trecho" entre la charlatanería de los politicastros y la decisión de las masas. Las masas de la población saben perfectamente, por la experiencia cotidiana, lo que significan los lazos geográficos y económicos, las ventajas de un gran mercado y de un gran Estado y sólo se decidirán a la separación cuando la opresión nacional y los rozamientos nacionales hagan la vida en común absolutamente insoportable, frenando las relaciones económicas de todo género. Y en este caso, los intereses del desarrollo capitalista y de la libertad de lucha de clases estarán precisamente del lado de quienes se separen.
Así, pues, de cualquier lado que se aborde los razonamientos del señor Kokoshkin, resultan el colmo del absurdo y del escarnio a los principios de la democracia. Pero hay en estos razonamientos una cierta lógica: la lógica de los intereses de clase de la burguesía rusa. El señor Kokoshkin, como la mayoría del partido demócrata constitucionalista, es lacayo de la bolsa de oro de esa burguesía. Defiende sus privilegios en general, sus privilegios estatales en particular, los defiende conjuntamente con Purishkévich, al lado de éste, con la única diferencia de que Purishkévich tiene más fe en el garrote feudal, mientras que Kokoshkin y Cía. ven que el garrote ha sido fuertemente quebrado por el año 1905 y confían más en los procedimientos burgueses de embaucamiento de las masas, por ejemplo, en asustar a los pequeños burgueses y a los campesinos con el fantasma de la "disgregación del Estado", de engañarles con frases sobre la unión de "la libertad popular" con los pilares históricos, etc.
La significación real de clase de la hostilidad liberal al principio de autodeterminación política de las naciones es una, y sólo, una: nacional-liberalismo, salvaguardia de los privilegios estatales de la burguesía rusa. Y los oportunistas que hay entre los marxistas de Rusia, que precisamente ahora, en la época del sistema del 3 de junio, han arremetido contra el derecho de las naciones a la autodeterminación, todos ellos: el liquidador Semkovski, el bundista Libman, el pequeñoburgués ucraniano Yurkévich, en realidad, se arrastran sencillamente a la zaga del nacional-liberalismo, corrompen a la clase obrera con las ideas nacional-liberales.
Los intereses de la clase obrera y de su lucha contra el capitalismo exigen una completa solidaridad y la más estrecha unión de los obreros de todas las naciones, exigen que se rechace la política nacionalista de la burguesía de cualquier nacionalidad. Por ello, sería apartarse de las tareas de la política proletaria y someter a los obreros a la política de la burguesía, tanto si los socialdemócratas se pusieran a negar el derecho a la autodeterminación, es decir, el derecho de las naciones oprimidas a separarse, como si los socialdemócratas se pusieran a apoyar todas las reivindicaciones nacionales de la burguesía de las naciones oprimidas. Lo mismo le da al obrero asalariado que su principal explotador sea la burguesía gran rusa con preferencia a la burguesía alógena, o la burguesía polaca con preferencia a la hebrea, etc. Al obrero asalariado que haya adquirido conciencia de los intereses de su clase le son indiferentes tanto los privilegios estatales de los capitalistas rusos, como las promesas de los capitalistas polacos o ucranianos de instaurar el paraíso en la tierra cuando ellos gocen de privilegios estatales. El desarrollo del capitalismo prosigue y proseguirá, de uno u otro modo, tanto en un Estado único abigarrado como en Estados nacionales aislados.
En todo caso, el obrero asalariado seguirá siendo objeto de explotación, y para luchar con éxito contra ella se exige que el proletariado sea independiente del nacionalismo, que los proletarios se mantengan en una posición de completa neutralidad, por así decir, en la lucha de la burguesía de las diversas naciones por la supremacía. En cuanto el proletariado de una nación cualquiera apoye en lo más mínimo los privilegios de "su" burguesía nacional, este apoyo provocará inevitablemente la desconfianza del proletariado de la otra nación, debilitará la solidaridad internacional de clase de los obreros, los desunirá para regocijo de la burguesía. Y el negar el derecho a la autodeterminación, o a la separación, significa indefectiblemente, en la práctica, apoyar los privilegios de la nación dominante.
Nos convenceremos de ello aún con mayor evidencia si tomamos el ejemplo concreto de la separación de Noruega de Suecia.